¿Qué son?

¿Quién no se ha visto alguna vez en una situación comprometida en la que se le ha pedido que tome partido por un amigo en contra de otro en un conflicto entre ellos? ¿Quién no ha hablado mal, en alguna ocasión, sobre una persona para poner en contra al interlocutor con la persona criticada?

Son situaciones frecuentes en nuestro contexto social y desde luego no escapan al familiar, sobre todo en casos de divorcio o de familias reconstituidas. Centrándonos en el conflicto de lealtades en los hijos de padres separados, podemos decir que aparece cuando éstos se perciben como traidores si se ponen del lado de uno de sus progenitores en detrimento del otro, cuando se sienten entre deseos y expectativas contradictorias entre ambos.

El conflicto de lealtades fue descrito inicialmente por Borszomengy-Nagy (1973) como una dinámica familiar en la que la lealtad hacia uno de los padres implica deslealtad hacia el otro.

Conocer los conflictos de lealtades, cómo se producen y qué los fomenta ayuda a identificarlos, a tomar conciencia y comprender cómo se puede estar sintiendo nuestro hijo/a tras el divorcio. Entender los sentimientos posibilita contribuir a una gestión saludable que favorezca el afrontamiento de una forma más positiva.

 

¿Cuándo se dan?

Se pueden originar cuando los adultos transmiten a los hijos mensajes, peticiones o expectativas diferentes y a menudo contrapuestas señalando, de forma explícita, que si se hace caso a uno, se traiciona al otro. En este caso, la pareja en proceso de divorcio o ya divorciada, puede introducir en su conflicto a una tercera parte inocente: el hijo, convirtiéndole en parte activa de una dinámica conflictiva que no le corresponde, lo cual tendrá consecuencias nefastas para su desarrollo emocional.

Puede surgir un conflicto de lealtades ante situaciones en las que los adultos no consiguen ayudar a los hijos a gestionar sus miedos, ambivalencias y sentimientos que pueden estar viviendo en situaciones de conflicto entre sus padres.

Igualmente, puede darse, a pesar de que los padres procuren que los hijos no tomen partido, cuando éstos sienten que deben hacerlo. Lo hacen para sentirse más protegidos, pero a la vez experimentan desazón porque están traicionando a uno de los dos. Si no toman partido, se sienten aislados y desleales hacia ambos progenitores. Es un verdadero dilema que puede llevarles a vivir el mundo que les rodea como una amenaza, ya que “haga lo que haga probablemente termine haciendo daño a uno de mis padres”.

Este conflicto puede aparecer en cualquier situación familiar en la que exista un conflicto de intereses entre los adultos implicados que no han tenido la habilidad necesaria para evitar hacer partícipes a los hijos de dicho conflicto.

No hay un consenso entre autores respecto a la edad en que los hijos son más proclives a los conflictos de lealtades. Johnston y Campbell (1998)  plantean que son más comunes entre los 6 y los 8 años, disminuyendo entre los 9 y los 11, momento en que los niños tienen una mayor capacidad para formar alianzas con uno y otro progenitor. Buchanan y col. (1991) identifican la adolescencia como el momento más propicio para que los hijos se sientan atrapados en el conflicto de sus padres. Waldron y Joanis (1996) señalan que los niños entre 8 y 15 años son los más vulnerables, y Wallerstein (1989) entre los 9 y 14.

Respecto al género, sí que parece haber acuerdo en sostener que los niños tienen más probabilidad que las niñas de verse implicados en conflictos de lealtades (Johnston y Campbell, 1988). Se ha matizado (Buchanan y col., 1991) que, en general, los niños que viven con el progenitor de sexo opuesto son los más predispuestos (habitualmente los varones) debido al equilibrio entre la fidelidad al progenitor del mismo sexo (habitualmente el padre) y al cuidador habitual (habitualmente la madre).

 

¿Cómo afecta y qué consecuencias tiene este conflicto?

Dudas en torno a si uno de los progenitores es bueno y el otro malo o si alguno de los dos miente; ansiedad, inseguridad y/o malestar por pasar un buen rato con el núcleo familiar “contrincante”, son sentimientos que experimentan los niños que sufren estos conflictos.

Los conflictos de lealtades no son iguales para todos. Los más habituales, son conflictos leves que producen malestar durante la fase de ajuste a la nueva dinámica familiar, pero van minimizándose hasta desaparecer con la adaptación a la nueva realidad.

Otros, sin embargo, pueden prolongarse en el tiempo y se enquistan, formando parte del día a día de la familia, lo que supone una fuente de estrés importante en los hijos que los padecen.

Como hemos comentado, este tipo de conflicto genera mucha ansiedad que a menudo acompaña al miedo ante la posible pérdida del adulto al que se siente desleal. Un temor que se despierta cuando el hijo intuye que el apoyo a uno de los dos progenitores le puede llevar, irremisiblemente, a perder al otro. Igualmente, puede generar inquietud o preocupación por que alguno de los adultos se pueda enfadar lo que a su vez provocaría un gran sentimiento de culpa y responsabilidad.

Muchos niños, tienden a guardarse para sí mismos lo que sienten y quieren, llegando a vivir en silencio la mayoría de sus sentimientos, lo que, sin duda, afecta a su estabilidad y bienestar emocional, generándoles indefensión y una vivencia del mundo como una amenaza.

Por otro lado, otro de los efectos potenciales de estos conflictos es la “doble vida” de los hijos, referido a que cuando están con uno de los progenitores se comportan de una manera determinada y de otra muy diferente con el otro, sin mostrarse cómo son en realidad, bajo la pretensión de no fallar a ninguno de los dos.

 

¿Cómo gestionar este conflicto?

Son los adultos de referencia los responsables de ayudar a los hijos si estos conflictos aparecen. No obstante, es posible, sobre todo si están inmersos en un proceso de divorcio conflictivo, que no tengan en ese momento la capacidad para brindarles esa ayuda, por lo que en estos casos sería muy conveniente que un profesional acompañara al hijo y le explicara en qué consiste el conflicto de lealtades que puede estar viviendo y le libere de toda la responsabilidad que le puede estar atenazando.

Como padres, podemos ayudarles:

– evitando hablar mal del otro progenitor en su presencia, o incluso refiriéndose a él/ella de manera cordial.

– previniéndoles sobre los sentimientos que pueden tener, demostrándoles una actitud de absoluto respeto en relación con todo lo que pueden estar sintiendo.

– dándoles permiso explícito y seguridad para que expresen lo que quieran y no se perciban en la necesidad de guardar secretos entre sus adultos.

– explicándoles cómo pedir ayuda siempre que lo necesiten.

– facilitando la relación con el otro progenitor.

-manteniendo una relación basada en el respeto con el otro progenitor, sobre todo en presencia de los hijos.

– siendo empáticos y poniéndonos en su piel para lograr entender lo que pueden estar viviendo.

– manteniéndoles al margen de los conflictos que no les corresponden, una de las funciones principales de la paternidad.

– demostrándoles nuestro amor incondicional.

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