La decisión de separarse, por lo general, es una decisión meditada que se ve como única salida a una relación en la que ambos, o al menos un miembro de la pareja, ya no es feliz en ella. A pesar de la reflexión previa, toda separación o divorcio genera dolor a las personas involucradas (incluso a quienes toman la decisión). El divorcio disuelve una relación de pareja, pero impacta en la estructura familiar al completo.

Poner fin a una relación provoca intensos sentimientos, muchos de ellos con un efecto devastador: angustia, incertidumbre, inseguridad, frustración, vulnerabilidad, tristeza, confusión, rabia, ansiedad, culpa,… Hay personas a quienes la separación les pone en una situación en la que tienen que enfrentarse a sentimientos demoledores que les suponen un enorme gasto de energía y les puede llevar a actuar de forma un tanto irracional e impensable si no estuvieran “secuestrados” por dichos sentimientos.

La separación no tiene por qué ser traumática ni perjudicial para los hijos. Las posibles nefastas consecuencias para los menores vienen determinadas por la forma en la que se lleva a cabo la separación. Para evitar los potenciales efectos destructivos de un mal divorcio, subrayamos la importancia de que el proceso de separación esté marcado por una actitud permanente de respeto. Respeto hacia uno mismo y hacia el resto de los implicados, manteniendo nuestra dignidad sin que la de las otras personas se vea resentida. Pero, desgraciadamente, el respeto no es marca distintiva de toda separación.

Existen diferentes formas de separarse.

Una clasificación podría basarse en si a lo largo del proceso se preserva el bienestar de los hijos, evitando su participación en el conflicto, o, por el contrario, se les implica en el mismo. Éste último tipo sería lo que se entiende por divorcio destructivo, caracterizado porque uno de los progenitores impide u obstaculiza el contacto de los hijos con el otro, exponiéndoles a una situación de enorme desprotección y obligándoles, en muchas ocasiones, a tomar partido por uno de los progenitores en detrimento de la relación con el otro.

El progenitor que intenta obstaculizar o evitar el contacto de los hijos con el otro progenitor, lo hace desde la incapacidad de superar la herida narcisista ocasionada por la separación y desde el miedo a perder su rol como cuidador principal.

Otras de las características distintivas de este tipo de divorcio:

  • El conflicto parental, incluso a pesar de haber cesado la convivencia, va en escalada.
  • Los padres hacen partícipes e involucran a los hijos en sus propios conflictos parentales.
  • En presencia de los hijos uno (o ambos) de los progenitores habla mal del otro con la clara intención de desprestigiarle.
  • Ahogados por el resentimiento, invierten gran cantidad de tiempo y energía para lograr el sufrimiento del otro (sin ser conscientes de que tal sufrimiento tiene un efecto negativo tremendo en los hijos y en la propia persona).
  • Procesos contenciosos marcados por una alta conflictividad, en los que emociones como la rabia, enfado,… no permiten a los progenitores considerar lo que es mejor para los hijos quedando atrapados en una actitud y comportamiento beligerante.

Hay motivos diversos para caer en las garras de este tipo de ruptura.

Motivos que pueden darse desde el inicio de la separación o en etapas más tardías. Por ejemplo:

  • No aceptar la decisión de separación (a pesar de poder compartir la sensación de malestar dentro de la pareja).
  • No aceptar la reducción en la calidad de vida que supone la separación (o, si se diera, el impago de la pensión de alimentos).
  • Celos por una nueva relación del ex cónyuge.
  • Deseos de poder, de dominancia.
  • Sentimientos de venganza.

Nadie dijo que separarse fuera tarea sencilla.

Nuestra experiencia en el ámbito de la familia a lo largo de los años, nos ha permitido constatar la necesidad y los beneficios de acompañar a las personas desde un abordaje integral, enfocado en el asesoramiento jurídico y psicopedagógico, así como en un acompañamiento a nivel emocional. En definitiva, contribuyendo a la comprensión y a la gestión saludable de las emociones habituales en este proceso para posibilitar la superación del duelo tras la separación y la búsqueda de una vida plena y sobre todo, para preservar el bienestar de los menores.

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