Sin haber un consenso claro respecto a su definición, nos valdremos de la aportada por Emily y John Visher (1988), que recoge la necesidad de la existencia de, al menos, un hijo de una relación anterior para poder hablar de familia reconstituida. De modo que, una familia reconstituida es la formada por una pareja adulta en la que al menos uno de los cónyuges tiene un hijo de una relación anterior. Basándonos en esta definición, quedarían excluidas de este grupo las parejas sin hijos que se vuelven a casar, así como modelos de familia en los que, habiendo hijos de varias relaciones, no hay también dos adultos (como podría suceder en algunos casos de familias monoparentales).

La tarea de consolidar una relación matrimonial en presencia de hijos de relaciones previas y de actuar de forma adecuada en el rol de padrastro/madrastra ante los hijastros y más aun si se juntan en una misma casa hijos con parentescos biológicos distintos, supone un verdadero reto no exento de complicaciones. Integrar dos familias con dos historias de vida, diferentes visiones (seguramente) sobre la educación, dos estilos de vida con costumbres, aficiones y valores propios no está al alcance de todos y su consecución exige un esfuerzo consciente.

La elección del momento adecuado para volver a casarse tiene una gran influencia en el éxito del segundo matrimonio, ya que, según la edad de los hijos, serán más o menos receptivos y estarán más o menos dispuestos a formar parte de la vida de la nueva familia reconstituida. Como sugieren las investigaciones recientes en este campo, los segundos matrimonios que tienen lugar antes de que los hijos tengan diez años, o después de que hayan cumplido 15, tienen mayor posibilidad de generar menos resistencia. Los adolescentes, a partir de los 15 años, requieren una menor dedicación de tiempo en su crianza y, en general, pasan menos tiempo en familia. Los de menos de 10 años, suelen aceptar mejor a un nuevo adulto en la familia, en especial si le perciben como una buena influencia. Entre los 10 y 14 años, en plena búsqueda y formación de su identidad, suelen poner más inconvenientes y dificultar el trato y la integración al nuevo sistema.

Los hijos acostumbran a desempeñar un papel decisivo en el buen funcionamiento de la familia reconstituida. De hecho, resulta reseñable que las parejas casadas en segundas nupcias señalan a los hijos como la principal causa de estrés y tensiones dentro de la pareja.

En condiciones adecuadas, el proceso de adaptación a la convivencia en el nuevo sistema familiar puede llevar entre 2 a 4 años. El acompañamiento psicológico a lo largo de este proceso puede favorecer un avance con menos complicaciones.

 

TIPOS DE FAMILIAS RECONSTITUIDAS

– Familias provenientes de un divorcio, en las cuales uno de los cónyuges tiene hijo/s previo/s.

 

– Familias provenientes de un divorcio, en las cuales los dos cónyuges tienen hijos previos. Estas familias son las que presentan una probabilidad mayor de divorcio, por la dificultad que entraña el mantenimiento de equilibrio en las mismas.

– Divorciado/a que tiene hijos, y cuyo ex-esposo/a se ha vuelto a emparejar.

– La que proviene de la muerte de uno de los cónyuges y el padre o la madre viudo/a se vuelve a emparejar. Ésta sería la forma de familia reconstituida más antigua.

 

CARACTERÍSTICAS DE LAS FAMILIAS RECONSTITUIDAS (F.R.)

Se pueden apreciar características comunes en estas familias:

– Su origen es una pérdida. Por lo que un paso previo para una saludable reconstrucción familiar sería la elaboración del duelo por dicha pérdida (bien por la muerte o por la separación o divorcio).

­- Tienen una estructura más compleja, lo que genera un nivel superior de estrés que el que se vive en las Familias Convencionales (F.C.).

– A menudo se pierde el contacto con el otro progenitor, o incluso a veces entre hermanos.

– La cohesión familiar es menor en las F. R. que en las F. C.

– No tienen una historia previa de homeostasis familiar ni una historia familiar común.

– Los roles no suelen estar bien definidos llegando incluso a la ambigüedad.

– Son frecuentes los conflictos de lealtades.

 

ALGUNAS CREENCIAS SOBRE LAS F.R.

  • El ajuste familiar en las F.R. se puede llevar a cabo de forma rápida y sin apenas dificultad. El ajuste dentro del nuevo sistema es un proceso costoso y largo (aunque haya circunstancias excepcionales en las que se pueda producir de forma rápida). Del mismo modo que una relación de pareja se inicia con un tiempo de noviazgo, la relación de los hijos con quien ejercerá el papel de padrastro/madrastra necesita este “noviazgo”, un tiempo y espacio para posibilitar el vínculo basado en el reconocimiento y respeto.
  • El amor aparecerá inmediatamente. Como en el resto de las relaciones humanas, el afecto no aparece de manera instantánea, sino que necesita un tiempo de conocimiento previo. En ocasiones, hay padrastros/madrastras que actúan bajo la creencia de que, al contraer matrimonio, se les atribuye la autoridad requerida para ejercer la paternidad / maternidad y no son conscientes de que no ocurre de esta manera, sino que el afecto y la autoridad hay que ganársela.
  • Las F.R. son iguales que las convencionales. Muchas veces, las expectativas erróneas sobre que el funcionamiento de una F.R. va a ser similar al de una F.C., respecto a por ejemplo, que los miembros van a estar muy unidos por estrechos lazos, puede llegar a fomentar esperanzas potencialmente destructivas, sobre todo al comprobar que no se cumplen.
  • Si impedimos o dificultamos la relación del niño con su padre/madre biológica, la relación con padrastro/madrasta será más fácil. Pese a esta creencia extendida, ocurriría justo lo contrario.
  • Todos los problemas que aparecen en el sistema familiar se deben a la reconstrucción de la familia. Hay una tendencia errónea a atribuir todos los problemas evolutivos a la reconstrucción familiar.

 

LAS FAMILIAS RECONSTITUIDAS SE BENEFICIAN SI:

  • Hacen frente a las pérdidas sufridas y se adaptan a los cambios

Para lo que sería muy recomendable:

  • Ofrecerles el apoyo que cada uno necesite a lo largo de ese proceso de adaptación, ayudándoles a reconocer y a aceptar las pérdidas que cada uno ha sufrido.
  • Permitir a los hijos que hablen de lo que sienten, prestándoles atención empática y sincera.
  • Introducir los cambios de la forma más gradual posible.
  • Mantener a los hijos informados de los cambios que van a tener lugar, lo cual puede facilitar su adaptación a los mismos. Cuanto más sientan los hijos que son parte del proceso de convertirse en una familia nueva, mejor y más sencillas serán las cosas para todos los implicados.
  • Tener en cuenta los diferentes ciclos vitales en los que se encuentran los miembros de la F.R., aceptando las fases y necesidades propias de cada una e intentando conciliar los intereses que, muchas veces, podrán ser incongruentes.
  • Grandes dosis de paciencia y flexibilidad en el proceso de construcción del nuevo sistema familiar.

 

  • La relación de la pareja es sólida y consistente

A mayor fuerza y solidez de la pareja, más difícil será que se vea afectada por conductas ofensivas provenientes de los vínculos previos. La pareja es el pilar que va a hacer de sostén, el puntal que permitirá (o no) el equilibrio de la F.R. Es por esto por lo que será fundamental que la pareja se dedique tiempo para estar a solas; que invierta tiempo en consensuar las reglas que van a regir el nuevo hogar; que analice el rol que va a desempeñar cada uno en la crianza de los hijos; que acepte los tiempos que cada uno de los componentes pueda necesitar para adaptarse a la nueva relación,…

 

  • Se “cuece” a fuego lento

Como hemos comentado previamente, los vínculos personales no surgen de forma inmediata y necesitan de tiempo y experiencias compartidas. Es probable que, al menos al inicio, no haya relaciones cariñosas con los hijastros, algo que hay que tener presente y aceptar. No obstante, habría que asegurar que las relaciones entre los miembros sean respetuosas en todo momento. El respeto debe ser innegociable.

El inicio de una F.R. requiere mucha paciencia, curiosidad, creatividad y apertura mental para ir afrontando las diferencias y el reto de la convivencia hasta llegar al nuevo modelo de familia.

 

  • Mantienen una relación respetuosa con los padres/madres biológicos

Lo ideal sería que hubiera una comunicación directa entre los diferentes adultos implicados en la educación de los hijos, evitando utilizar a los menores de mensajeros.

Así mismo sería totalmente contraproducente hablar en términos negativos del padre/madre no presente delante de los hijos o criticar sus estilos educativos. Por encima de las rencillas personales entre los adultos, debe primar el bienestar de los hijos.

Es fundamental que los hijos mantengan relación con cada uno de sus progenitores sin sentir deslealtad hacia el otro y una forma eficaz de lograrlo es hacerles partícipes de una relación de respeto entre los adultos.

 

  • Crean nuevas tradiciones

Cada componente de la “nueva” familia, llega al nuevo sistema con su mochila personal, sus expectativas y rituales como individuos y como grupo. Es importante que se comprendan y se acepten las diferencias a la vez que se van generando tradiciones comunes que enriquecen  el nuevo sistema.

Para que el grupo creado se sienta familia, necesita una historia común, tradiciones y celebraciones conjuntas, que irán fomentando la identidad y la cohesión familiar.

Las costumbres cotidianas de la vida en familia van a contribuir a fortalecer el arraigo dentro de la familia reconstituida, a la par que ayudan a que la vida en común sea más organizada y estable.

 

 

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